El patio

27 – 29 julio
Duración:
65 minutos
12,00 €

Precios:
Anticipada (online y taquilla hasta un día antes de la función): 12€
Taquilla, día de la función: 14€
Grupos (mínimo 15 personas) previa concertación: 10€


 

Espectáculo ganador de la sección “Estación Norte” 19º Edición TAC

Teatro Corsario se acerca en esta ocasión a las dramaturgias contemporáneas europeas en busca de textos que expresen radical y poéticamente nuestra convulsiva realidad. “El Patio” es el submundo de las causas derrotadas. Tres personajes unidos por sus miserias, tres soledades, pretenden construir juntos una apariencia de vida digna.

Confinados al pie de una montaña de inmundicia, en un escenario negro y siniestro, en medio de la más absoluta desesperación, mantienen una chispa de vida, una inconmensurable ansia de libertad y una esperanza insaciable. Es tan poco lo que pueden ofrecerse unos a otros que la crueldad y la ternura, la burla y el respeto, forman parte del juego de los amores difíciles. Junto a la rabia y la violencia, la dignidad de la pena y la carcajada. A la sombra de este patio deslocalizado, la mala sombra del simulacro y la impostura.

Teatro Corsario
La compañía Teatro Corsario se forma en 1982. Su larga trayectoria se caracteriza por un especialísimo tratamiento de los clásicos en lengua castellana que la ha situado entre las mejores compañías de verso. Por otro lado, pone en escena novedosos espectáculos de títeres para adultos de ámbito internacional.

FICHA ARTÍSTICA
Dirección: Javier Semprún
Reparto: Javier Semprún, Eduardo Gijón, Borja Semprún
Iluminación: Iñaki Zaldúa
Escenografía: Cristina Urdiales
Vestuario: María José Pelayo
Música: Juan Carlos Martín

CRÍTICA DE TEATRO, FERNANDO HERRERO (EL NORTE DE CASTILLA)

OSCURIDAD

Oscuridad. La última palabra que se pronuncia. A pesar de un tenue brillo de esperanza, todo se cierra para estos detritus humanos, signos de la vejez inútil que se aparta y pisotea. Seres que ni siquiera esperan a Godot, como los personajes beckectianos. Los contemplamos en el patio, espacio lleno de inmundicias como tres vetustos payasos, con unos juegos de palabras y gestos que expresan una situación en la que solo se producirá la extinción.
Juegos ingeniosos, llenos de humor negro y de una italianidad que hace original el texto.
Un conflicto universal de gran actualidad. Lo inservible se abandona, se le aloja en un patio sumidero. Diversos episodios se van sucediendo, unas burlas tiernas o sórdidas (las muelas postizas), precisión en los tipos, diferentes desde su condición de desechos humanos. Peppe, casi inmovilizado, tiene que ser ayudado por Tano. Uno surge del fondo del estercolero para contar su historia y la historia de su padre. Espacio sugerente, vestuario variado y acorde de María José Pelayo. Una dirección escénica que crea el clímax oportuno, con las palabras y los silencios y tres actores que componen sus patéticos personajes desde la unidad en la diversidad, con total acierto. Javier, Eduardo y Borja puntean el apólogo con humor y hacen de su destino una acusación social. En una hora se representa el mundo en su parte más negra contra la cual solo cabe luchar con la solidaridad última.


UN RECITAL ESCÉNICO INOLVIDABLE, Ignacio Merino

A las 20.30 la sala grande teatral del LAVA, absolutamente repleta mientras el país estaba pendiente del Barça-Madrid, se quedaba a oscuras entre una música dodecafónica que nos hacía penetrar en una esfera más allá de la realidad visible. Javier Semprún, en su papel del indigente Peppe, sentado como un sátrapa en su reino de inmundicia, miraba con los ojos muy abiertos la inmensidad oscura de la sala. Fueron unos minutos y bastaron para que el espectador se sintiera no ya atrapado sino escrutado, como si aquella mirada mezcla de vagabundo lúcido y santo nos dijera: “Deja tus escudos fuera. Abandona toda esperanza”.
La luces se abren y vemos un espacio de degradación de la sociedad de consumo, perfectamente iluminado como si fuera un salón confortable y heroico en el que ocurren prodigios más allá de nuestra experiencia cotidiana, pero tan reales que cualquiera puede verse reflejado en ellos.
Aparece Tano, el colega de infortunio de Peppe, interpretado por un Eduardo Gijón meticuloso y expresionista, que nunca cae en el histrionismo. Y comienza el recital. No se puede decir sino que Semprún domina el gesto y la palabra. A su aria inicial con la vista se sucede una interpretación realista en la línea del teatro del absurdo más emotivo. Gijón está a su altura y como en la obra es ‘el mandado’, deja que Semprún coja la batuta (por algo es el director escénico, también). Los diálogos, los silencios, los gestos, se suceden como una partitura sutil, trabajada a fondo y profundamente interiorizada, con la tenue facilidad de la perfección. La obra es deliciosa en su sencillez, brutal en sus denuncias. Carga con inocencia contra el abandono de los viejos, la fragilidad de la naturaleza humana, la condena de la soledad. Pero encuentra atisbos de esperanza en la camaradería. El amor del amigo, su lealtad ética por encima de la cochambre existencial, da sentido al discurrir diario. Entretiene el tiempo que pasa, como ya ha descubierto Peppe en su sabiduría final, aunque el rencor de Tano, que es recto por naturaleza, le impida aceptarlo como una razón de vida más allá de su carácter lenitivo.
Que Semprún y Gijón lleven manteniendo un fortísimo y especial vínculo de amistad en las cinco últimas décadas tiene su importancia a la hora de comprender la feliz interpretación, pero que hayan ensayado esta escena multitud de veces hace ya cuarenta años ⎯o al menos una completamente intercambiable, basada en ‘Esperando a Godot’ de Beckett o en los embajadores hamletianos de la fantástica ‘Rosencrantz y Guildenstern han muerto’ de Tom Stoppard⎯ cuando improvisaban en un programa sobre el método Stanislavski, demuestra que la parábola que trazaron ayer es enorme, perfectamente coherente, digna de admiración
y, como pudo verse, de resultados espléndidos.
Borja Semprún, actor de la vieja escuela, rico en recursos gestuales, dúctil y persuasivo ⎯dignísimo merecedor del Premio Castilla y León recién recibido⎯ da la réplica al recital del dúo. Ya lo hace su personaje, que nos coloca ante un arquetipo del teatro del absurdo y la denuncia social, pero él lo perfecciona con su magnífica interpretación.
La iluminación es magistral y se despliega con la sencillez del trabajo artesanal perfectamente hecho. La música es extraordinaria, perfecta en sus devaneos, parca y muy efectiva. El trabajo general, como se desprende de todo lo dicho, podría calificarse como sobresaliente ‘cum laude’ por acudir a un antiguo método doctoral que rubricaba la excelencia en un empeño intelectual.
Pero lo que vimos ayer en el LAVA fue algo más que un trabajo intelectual impecable. Lo que sucedió fue que el teatro nos devolvió a las esencias de la condición humana para hacernos reflexionar a través de la palabra, el gesto, la música y la plástica. Y cuando todo eso se consigue con perfección técnica, estamos ante una obra de arte que nos conmueve y agita. Que a pesar de la inmundicia reinante, nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos.


EL PATIO de SPIRO SCIMONE por TEATRO CORSARIO
“El patio” (Il cortile) del dramaturgo y actor siciliano Spiro Scimone nos llega por primera vez gracias a la puesta en escena del Teatro Corsario de Valladolid. Una propuesta realmente atractiva la de esta compañía que lleva en la brecha desde 1982 y que se ha especializado en los grandes clásicos españoles y el teatro en verso. Seguramente la razón de esta nueva “locuraventura” hay que buscarla en el director y actor del montaje, Javier Semprún.

La vida de Javier Semprún no volvió a ser la misma desde que en 2012 fue reclutado por La Zaranda para protagonizar El régimen del pienso. No solo no se ha ‘recuperado’ de la experiencia, sino que se le han abierto nuevos horizontes. “Después de más de quince años dedicado casi exclusivamente como actor a la representación de textos de autores del barroco español, la experiencia que viví con La Zaranda supuso un cambio radical en mis convicciones sobre la esencia del teatro. Con El régimen del pienso comprendí la importancia de trabajar mi personaje a partir del silencio. Todos los trabajos de La Zaranda comienzan desde el silencio. El asunto de sus obras es el alma que habla de su asfixia en un mundo materialista que enfrenta al hombre con lo humano.
Se dio el caso de que estando en Salt, a punto de estrenar en el Festival Temporada Alta, en las largas noches previas en las que les acompañé, surgió Spiro Scimone en nuestras conversaciones. Y es que, siendo aparentemente diferentes maneras de concebir el teatro, no es extraño que después Semprún decidiera recalar en un autor como Scimone. “El teatro de Spiro Scimone ⎯dice Semprún⎯ tiene muchas referencias compartidas con La Zaranda.”
En el panorama teatral actual se echan de menos voces con personalidad propia, puro teatro de creación y que no son mero entretenimiento, que tocan lo más profundo del alma.
Una poética y un lenguaje muy particulares, personajes al límite, desahuciados por la deshumanización, humor, humor negro, textos punzantes… “Quedé seducido inmediatamente por los poéticos textos de Scimone cargados de anáforas, sus diálogos picados e ingeniosos y su rigor a la hora de abordar la importancia del silencio y la escucha”, reflexiona Semprún. “También quedé seducido por la negrura de su humor y su violenta mezcla de crueldad y ternura.”
Peppe y Tano, dos personajes que viven, sobreviven, entre montones de basura. Y un tercero, Uno, que vive bajo ella. Y un ratón. Un no futuro agonizante que nos recuerda a Final de partida o a Días felices de Beckett. “Concibo El patio, explica Semprún, como una pequeña tragicomedia lírica que habla de unos seres abandonados, exiliados de la sociedad, abandonados y doloridos. No es un texto que reivindique el problema social de los ‘hommeless’ o los sin techo, sino una exposición poética de sus almas todavía generosas, de su dignidad y de su voluntad de esperanza, y a esto solo se puede llegar por la poesía.” Un mundo claustrofóbico y surrealista, en el que los hombres han perdido toda dignidad, desde donde ni se ve el cielo, restos de vida que se expresan con diálogos sordos, punzantes, repetitivos, seres indefensos, crueles hasta consigo mismos.
“El hecho de que Spiro dirija e interprete a la vez sus propias obras me influyó notablemente”, dice Semprún. “Pero nuestra propuesta poco tiene que ver con la estética que utilizó el autor hace años. Hay una estética más expresionista que minimalista tanto en el espacio escénico como en la interpretación de los actores. En lo que se refiere al texto se ha conservado prácticamente intacto”. Junto al director actúan Eduardo Gijón y Borja Semprún. “Es un maravilloso texto que provoca dudas y mueve los sentimientos del espectador, que invita a una reflexión sobre lo humano y que impide salir vacío de la sala”, concluye Semprún.

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